Tanto el maquinista del Iryo como algunos pasajeros aseguran que sintieron unas vibraciones unos segundos antes del descarrilamiento.
También las habían sentido pasajeros de trenes anteriores. Algo muy sutil, en lo que uno no se fija a menos que la tragedia obligue a escarbar en lo vivido en busca de señales. Los expertos sabrán más, pero tampoco es descartable que esos testigos en realidad no sintieran nada y que las vibraciones sean producto de una de esas paramnesias con las que uno reinventa el pasado en situaciones extremas. Y no obstante, nosotros, consumidores de la noticia, nos sentimos partícipes de un ligero tropezón bajo nuestros asientos, como cuando las ruedas del coche pisan algo blando, probablemente un animal en el que no habíamos reparado, e inmediatamente nos sentimos culpables de la muerte del animal, de su sufrimiento, incluso aunque no seamos los que conducimos el vehículo. Esa vibración levísima, fuera real o no lo fuese, es el preludio de la tragedia. En una película, desencadenaría una música de suspense que iría creciendo hasta la colisión. El problema es que esto no es una película. Las películas juegan con el tiempo, lo alargan. Los 20 segundos se vivieron y no se vivieron. En 20 segundos caben dos soplos. Esa ligera vibración fue el preludio de un movimiento tectónico, un terremoto, que ha convertido el medio de transporte que creíamos más seguro en una amenaza. Durante mucho tiempo, no viajaremos en tren con la relajación con que lo hacíamos. Cuando visualizo el accidente, aunque no quiera, me veo a mí mismo tecleando en el portátil o leyendo, plácidamente, antes de que la pantalla funda en negro. Necesitamos saber, cuanto antes, si la vibración existió, si fue la causa, si podrá prevenirse en el futuro, si el tren volverá a ser el vehículo seguro que creíamos que era. Yo tenía billete para ese mismo Alvia el jueves pasado y ayer mismo. Como las vías aún no estaban liberadas, me devolvieron el importe. No dejo de preguntarme si, expedito ya el tramo, me hubiera aventurado. Probablemente sí. Vivir es correr riesgos.
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