Un amigo me comentó hace poco que Federico
García Lorca debía de ser insoportable, / que no aguantaba que la conversación se
apartara de él ni un minuto, que necesitaba ser siempre el centro de atención.
No se conserva su voz, pero es fácil imaginarlo con su acento granadino
adueñándose de la sobremesa, sentándose al piano, recitando lo último que había
escrito. Tan torbellino como esos amigos que todos hemos tenido y que, paradójicamente,
echamos de menos en cuanto se ausentan. Quien acapara la fiesta también la
enciende. El Lorca imparable de las veladas en la Residencia de Estudiantes
convivía con otro, el que se encerraba en la Huerta de San Vicente a trabajar
sus obras con paciencia de relojero. Ahora que está en boca de todos por la
película La bola negra, que mezcla un
esbozo suyo con La piedra oscura de
Alberto Conejero y donde asoma de pasada el rubio de Albacete, conviene
recordar que el mito no lo fabricó solo su talento. Lo fabricaron también
quienes lo asesinaron en agosto de 1936, con 38 años y en plena gloria. La
tragedia tiene esos caprichos. Si la historia hubiera repartido los destinos al
revés, quizá el mito sería hoy Luis Cernuda, sevillano de la misma generación,
que compartía con Federico la condición de homosexual pero no el gusto por la
jarana, y que murió en México a los 61 años después de haber demostrado con
creces que era un tipo áspero y poco dotado para reinar en las reuniones. Nos
habríamos perdido sus certeros ensayos sobre poesía y su obra de madurez, pero
los versos de Donde habite el olvido
pesarían tanto como el Romancero gitano.
En el fragmento de Lorca que da título a la película, la bola negra es la que
se deposita en la urna de un casino para vetar la entrada de un socio
indeseable. La posteridad también vota con bolas blancas y negras, y no siempre
por méritos. A Federico le han tocado homenajes, el cetro sobre la Generación
del 27 y una película notable. Cernuda tiene que conformarse con una baldosa en
la calle Tetuán de Sevilla con su nombre mal escrito y el añadido de su segundo
apellido, que encima detestaba.






