Nada hay tan desolador como el viento soplando en un castillo vacío.
La borrasca Kristin se ha despachado a gusto en el de Chinchilla. A punto de cumplirse un siglo desde que fue declarado Bien de Interés Cultural (3 de junio de 1931), el castillo está en las piedras, o sea en los huesos. En noviembre de 2010 le restañaron los muros, le reconstruyeron la puerta que mira al pueblo, le limpiaron el patio y el foso. Era la primera de tres las fases de remodelación previstas, pero solo un año más tarde el entonces alcalde Pedro Luis Medina dijo que «para piedras, ni un euro», y se perdió la ocasión. Hasta el presente. En el patio de armas crecen los abrojos y no conviene aventurarse pues es un nido de aljibes y de pozos abismales. Desde la torre de la puerta, se puede atisbar la primera línea de sillares de lo que fue la más airosa torre del homenaje de toda La Mancha. Las tropas napoleónicas la derribaron antes de irse. También puede verse la primera línea de ladrillos de lo que fue el penal, un edificio de seis pisos donde sufrieron lo indecible los allí condenados, casi todos por tener ideas democráticas. Inaugurado en 1889, cerró definitivamente en 1946. Después el castillo se quedó a merced de los juegos de los chiquillos hasta 1963, cuando el Consejo de Ministros lo cedió al ayuntamiento de Chinchilla. Su suerte pudo dar un giro en 1970, cuando Manuel Fraga vino decidido a convertirlo en parador, pero un par de latifundistas locales lo camelaron y se lo llevaron a la llanura. Finalmente, la Dirección General de Bellas Artes ordenó la demolición del penal en 1973, como paso previo para restaurar el castillo. Para vaciar los escombros, mordieron uno de los muros. Con ellos formaron el montecito que los lugareños llaman la Montera. Pero el siguiente paso, el de restaurar, nunca se dio. Ahora, incluso las hierbas vuelven a ocultar el foso y solo se accede al interior en visitas guiadas y controladas. El viento vocea a su antojo en el patio de armas. Es un espectáculo tan solitario que duele menos pensarlo que verlo.
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