Dicen que san Juan de la Cruz se quedaba embelesado mirando correr el agua.
Dicen que en los viajes a pie, generalmente con otro monje, de pronto le decía:
vamos a hacer un alto. Y se sumergía entre los juncos, persiguiendo el ruido de
algún riachuelo. El otro lo esperaba, hasta que se les echaba la noche encima.
Entonces iba a buscarlo y se lo encontraba en trance, con los ojos fijos en los
remolinos. Conocemos nuestro verdadero tamaño interrogando al genio del río,
dejó escrito Hermann Hesse. San Juan y Hesse eran sabios, comprendían que la
sabiduría nace de escuchar. En la cuarta o quinta borrasca con nombre de pila
de lo que llevamos de año, el agua ha venido a contarnos cosas a la manera que
solo el agua sabe contarlas: ha colapsado los colectores del barrio Industria, ha
rebrotado desde los imbornales, desde los desagües y hasta de los enchufes para
inundar varias casas, ha recuperado su ser de tiempos que nos parecían legendarios,
cuando a los pies de la Villacerrada se extendía una sucesión de lagunas. Nos
ha recordado la piel original de este territorio, ahora desfigurada por rascacielos
y asfaltos y aceras. Creíamos que el canal de María Cristina había borrado para
siempre aquellos terrenos inundados, aquellas plagas de mosquitos anófeles. Pero
el tufo nunca se fue del todo. En mi infancia corrió la voz de que su
estancamiento había producido una epidemia y por eso lo taparon. Estoy hablando
desde neblinas de recuerdos, no desde la historia. Y sin embargo, el agua ha vuelto
para despertar nombres dormidos: el Val General o Riopiojo, que desaguaba las
inmundicias y ahora es una calle que llamamos Ancha. Los ríos Balazote y Lobera
(la espada del infante don Juan Manuel), el Acequión… Nuestros políticos reaccionaron
inventando historias que transmitiesen la culpa al rival, cuentos maravillosos,
pero enseguida han sido capaces de ponerse de acuerdo. Por una vez, han dejado
que hablase el agua en vez de acallarla con su vocerío. Como nos enseñaron los
maestros san Juan y Hermann Hesse. Ojalá y fueran capaces de seguir
escuchándola cuando amaine la borrasca.

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