Lo sigo viendo aún, porque hay recuerdos que siguen sucediendo, aunque ocurrieran hace décadas.
Veo a don Francisco Pérez, pequeño y nervioso, mostrándome su biblioteca. Los libros parecían quietos, pero solo parecían. Él se movía entre ellos como en un mecano, accionando las piezas. Sacaba uno, lo abría, y en los márgenes asomaban unas notas a lápiz que remitían a otro libro situado en otro lugar de aquella biblioteca suya, que ocupaba una estancia entera de su piso de la calle Pedro Simón Abril. Volvía a encajar el primer libro con tanta delicadeza como práctica, extrayendo un poco los de al lado para que lo guiaran en aquellas estrecheces donde no cabía ni un alfiler. Solo entonces me mostraba el libro siguiente, al que hacía referencia el anterior, y así sucesivamente. Toda la biblioteca estaba hilvanada por aquel lector meticuloso y contumaz que se levantaba antes del amanecer para consagrar varias horas a la lectura antes de incorporarse al instituto. Los libros que remitían al principio del mundo estaban junto al suelo, y los que hablaban del final de los tiempos, arriba del todo, pegados al techo. El resto se acoplaban en su momento concreto de la espiral, tanto si eran manuales científicos como novelas de Balzac. Don Francisco me confesó que era más de Balzac que de Proust. A ambos los leía directamente en francés. Presencié boquiabierto aquella demostración, sabedor de que era irrepetible. Sin embargo, mi memoria vuelve a ella cada vez que se menciona a este personaje que decidió que el instituto Sabuco se llamara como se llama, que fue secretario casi vitalicio del mismo y también su profesor de matemáticas más temido, el terrible Menosuno. No para todos: el poeta Sarrión confiaba tanto en él que le pasaba los borradores de sus memorias para que verificara que los hechos y las fechas eran correctos. El otro día me topé con mi amiga Marga, hija menor de Menosuno. Me dijo que se ha tenido que mudar y que los libros de su padre están embalados en un almacén. De pronto entendí por qué el universo está como está, de pronto descolocado.
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