domingo, 30 de agosto de 2026

Artuñedo, Yeste y Delfín

 

Con un papel en la mano, junto a la foto de Delfín.
Al otro lado, Pedro Artuñedo y Sahida Amido

El pasado viernes leí poemas de mi libro Cesto de moras en la ermita de Santiago de Yeste, donde durante más de tres décadas leyó sus poemas mi amigo Delfín.

Delfín que quería tanto a su pueblo que se lo puso de apellido, como si fuera una capa. Murió hace tres años y este es el cuarto que no ha cumplido con su rito. Pero su albacea, Pedro Artuñedo, mantiene viva la liturgia. Este año nos invitó a Sahida Amido y a mí a ocupar el atril. La ermita solo se abre el día del santo y el día de la lectura; luego encierra los ecos once meses. Mientras zigzagueaba en su Volvo por las calles estrechadas por los festeros, y cargábamos la sidra, el hielo, los vasos y los frutos secos para la invitación, Pedro iba reclutando familiares y amigos. La lectura este año coincidía con la desencajonada de las vaquillas, un espectáculo con mucho tirón en el pueblo. Aun así, la ermita presentaba una entrada ilusionante: unas cincuenta personas sentadas en los austeros bancos. Ante la puerta abierta, uno de los dos olmos que sobrevivieron a la grafiosis sigue presidiendo el patio de entrada. Saludé a mi excompañero del Sabuco Jesús Artuñedo, y al historiador Carlos Panadero Moya, casado con la hija del pintor José Lozano, otra institución yestera. En la valla que circunda el recinto, Joaquín Aliaga ha fijado en piedra y cemento, con sencillez y colorido, personajes ya legendarios: la Pura y la Resu, que custodiaban las llaves; la golondrina con la que firma; y bajo el olmo, a un lado el tío Chus y al otro Delfín Yeste escribiendo. Me parece admirable que Delfín sostuviera tantos años su lectura en las fiestas de san Bartolomé. Logró que la poesía, esa práctica que tantos consideran menor, encontrara un hueco digno entre las vaquillas y el jolgorio. Si la gente sigue acudiendo es, en buena parte, porque Pedro ha recogido la energía de su amigo y la administra con la misma fe. Qué fuerza tan misteriosa tiene la palabra poética que consigue reunir a un puñado de aficionados. Qué privilegio, modesto pero real, formar parte de esa magia, como poeta y como simple lector de mis propios versos.

 

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Estos artículos se han publicado los domingos en la página 2 del diario La Tribuna de Albacete