domingo, 18 de octubre de 2026

A sorbos

 

No se lee igual una novela que un ensayo. Tampoco la poesía. Quien lo ignora acaba abandonando libros que no tenían la culpa.

La novela es inmersión: uno se sumerge y se olvida de lo que le rodea. Don Quijote es un aviso un poco exagerado, y sin embargo feliz. El ensayo se lee blandiendo el lapicero como si fuera un machete que desbroza el camino de los razonamientos. Así lo hacía Montaigne, que sin saberlo le puso nombre al género. La poesía, en cambio, nació para cantarse y conserva ese impulso. San Agustín se asombraba de ver a Ambrosio de Milán leer sin mover los labios. En los primeros tiempos, leer era una tarea colectiva, la del monje leyendo en el refectorio a sus compañeros, la del que narraba las hazañas de un personaje al corro familiar ante la chimenea. Después, poco a poco, la lectura aprendió de san Ambrosio y se convirtió en una tarea individual e intransferible. Pero la poesía fue el último género en experimentar este cambio. De hecho, nunca ha perdido del todo su vocación de compartir. La línea culta decidió bajar el volumen en el siglo XX para convertirse en un susurro entre dos personas: el que escribe y el que lee. Aun así, siempre nos ha gustado que nos lean, y la poesía más que ninguna otra cosa. Los clubes le están devolviendo a la lectura aquella condición colectiva que quizá no debería haber perdido. El río de la poesía canta, pero para escucharlo con los ojos hay que mojarse hasta las rodillas, coger un puño de palabras y sorberlo. Eso se hace a solas, porque a solas experimentamos el sobrecogimiento, que es la reacción física que transforma el sentimiento en emoción. En el club que hemos emprendido esta semana en la Librería Popular, «A sorbos», vamos a explorar hasta qué punto se puede contagiar y compartir el sobrecogimiento que provoca un poema, a veces un solo verso, incluso una sola imagen. Porque la unidad de medida de la poesía no es el libro, sino el poema. No todos sobrecogen; es lo excepcional. Hay que sorber, alzar la cabeza, saborear y otear el entorno como hacen los flamencos, antes de volver a sumergirse.

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Estos artículos se han publicado los domingos en la página 2 del diario La Tribuna de Albacete