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| Martín Almagro-Gorbea (d) con Mabel Tello (viuda de Carlos Daudén) y un servidor que sostiene el monográfico bajo el brazo. Foto tomada en el salón de plenos de Chinchilla el sábado 29 de noviembre. |
Hace 2.400 años vivió en lo que hoy es Chinchilla un varón con el poder necesario para ser enterrado a lo grande.
Pudo costearse una torre funeraria y contratar a unos artífices que dominaban técnicas arameas. Ahora los llamaríamos arquitectos. Con ayuda de trineos transportaron rocas areniscas desde una montaña cercana y las cincelaron sobre el terreno elegido: un cruce de caminos junto a un manantial. Para aquellas gentes las encrucijadas y las fuentes eran puertas hacia otros mundos. Tallaron leones y bajorrelieves a la manera oriental. Pero la torre duró poco en pie. Un terremoto la desmoronó pocos años más tarde. Los sillares rodaron de tal modo que la mitad quedaron ocultos. Así se salvaron de que los lugareños los reaprovechasen para construir sus viviendas. Transcurrieron dos milenios. Pozo Moro se había convertido en un bancal agrícola. Las piedras estorbaban y los labriegos formaron un majano con ellas. Alguno se fijó en los bajorrelieves y avisó al dueño. El doctor Carlos Daudén, aficionado a la arqueología, supo apreciar la importancia del hallazgo y dio parte a las autoridades. Se están cumpliendo 50 años de ese momento. El hijo del director del Museo Arqueológico Nacional se personó en la zona y dirigió las excavaciones. En Albacete había cundido la ilusión de que aquella torre se quedaría en nuestro museo. Tanto es así, que el arquitecto Escario le diseñó una sala. Pero el director de la excavación decidió cargar las piezas en camiones y llevárselas a Madrid. Hoy el monumento goza de un patio exclusivo en el Museo Arqueológico Nacional. En Chinchilla cayó en el olvido hasta que, cuando fui alcalde, encargué al cantero Paco Carrión que con sus alumnos de la UP construyesen una réplica. Hoy domina un mirador orientado hacia Albacete. El sábado pasado, el que fuera director de las excavaciones, Martín Almagro-Gorbea, presentó en el salón de plenos de Chinchilla la obra de su vida, el resumen de sus investigaciones sobre Pozo Moro, un monográfico de 720 páginas que es casi un sillar más que añadir a la torre originaria.

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