Unos pillos anuncian un retablo con maravillas que solo podrán ver las personas cuya sangre esté limpia de mezclas.
Camelan al alcalde, que quiere averiguar si sus súbditos son tan de ocho apellidos católicos como él mismo. Llegado el momento, ni los vecinos ni el propio alcalde consiguen ver nada, porque no hay nada que ver, ya que se trata de una estafa. No obstante, todos fingen, pues nadie está dispuesto a que se le note su impureza de sangre. Es el argumento del entremés El retablo de las maravillas, de Miguel de Cervantes, una obra breve para entretener al público en el descanso de una obra mayor. Se publicó en 1615, el mismo año que la segunda parte de El Quijote. Desde que Don Juan Manuel había escrito el cuento XXXII de El Conde Lucanor, pasando por Cervantes y hasta Andersen con su emperador desnudo, la tradición es clara: para engañar no hace falta un gran truco, solo saber dónde hurgar a la gente en su duda. Primero la legitimidad, luego la limpieza de sangre, más tarde la inteligencia o la competencia para ejercer un cargo. Siempre había una condición invisible que obligaba a asentir, a mirar lo inexistente y afirmar que se veía. Lo que aún se ve. Porque la estafa sigue viva, como están demostrando El Joglars en la gira de su 65 aniversario. Boadella y Fonseré han actualizado el retablo de Cervantes. Le han añadido farsantes muy actuales, como el crítico de arte que consigue que se valore una mierda (literalmente) o el chef de cocina que cobra por el aire de sus menús. Pasaron por el Teatro Circo de Albacete y consiguieron deslumbrarnos con su retablo de estafas. Encabezaba el elenco ese actor teatral maravilloso que es Ramón Fonseré, que sin embargo suele comportarse como intruso cuando actúa en cine. Al terminar, intercambió obsequios con el director de Cultural Albacete, Ricardo Beléndez, que ha traído casi todos los espectáculos de El Joglars a Albacete. Había buen rollo. Y qué curioso, lo seguí como si hubiera truco. No en vano acabábamos de ver El retablo de las maravillas. Uno aplaudía y aplaudía porque no quería desentonar.
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