El otro día fallamos el premio Sánchez de la Rosa, que por cierto ha ganado José Iván Suárez con un artículo sobre la navaja.
Cada año, cuando llegan estas fechas y me reclaman para hacer de jurado desde la asociación de periodistas (hasta ahora ha sido siempre Javier Escudero), vuelvo a recordar que Sánchez de la Rosa antes de ser un premio fue un señor, como le gusta recalcar a Nieves Concostrina. Un señor al que conocí y aprecié como amigo y como maestro en las faenas periodísticas. Le llamábamos Pepe, pero había conseguido, no sé cómo, que el Pepe sonase a don José. Porque era un señor que imponía sin levantar la voz. En uno de nuestros últimos encuentros me di cuenta de que era más alto que yo, lo que tampoco es tan difícil, pero le ayudaba a estar por encima sin demostrar esfuerzo. Como un sonámbulo de la nostalgia me he ido derecho a la letra “s” de mi biblioteca a manosear los libros que se fueron acumulando desde su legendaria Balada de la calle Cornejo (1983) hasta Fonda del reloj (2011). Cuento once, pero estoy seguro de que Andrés Gómez-Flores me corregiría añadiendo algunos más, porque no soy en absoluto exhaustivo, sino un acumulador anárquico y un lector azaroso. Y sin embargo, también le editamos un par de libros en La Siesta del Lobo. Volvía en ellos a hablar de esta ciudad, que no dejó de ser ciudad en sus escrituras. Y eso que salvó su esencia pueblerina como nadie ha podido ni podrá salvar nunca. En sus libros encontramos un Albacete que se le iba escabullendo de las manos a Pepe mientras Pepe lo retrataba con su constancia de artículo diario. Hasta el final, cuando ya no veía ni las teclas y tenía que dictarlo. Hasta el último día fue periodista. Y en tanto como escribió, se las apañó para no salir de Albacete, siendo como era viajero de no parar, “manchego a bordo” de todas las rutas. Pero incluso cuando escribía de la plaza Roja de Moscú o del parque Yosemite, lo leemos como si hablara de los alrededores del Altozano. Porque su escritura nunca salió de aquí. Y aquí mismo te saludo, viejo amigo, estrecho tu mano releyéndote.
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