Hace una semana que ha vuelto a cantar el mirlo que vive junto a mi casa.
Sin duda es biznieto o tataranieto del mirlo que nos recibió cuando vinimos a Chinchilla, que sigue siendo protagonista en mi poema «Finis terrae». Cada año me sorprende el primer canto del heredero de la saga. No es que lo esté esperando, es que de pronto lo oigo y me digo: ahí está. Cada mirlo canta diferente, cada espécimen interpreta la partitura a su manera. Pero, lo oyes, cierras los ojos, y sientes que el bosque está más cerca. Es un canto que hace bosque. En mi caso, cumple la función que para los yankis pensilvanos realiza la marmota Punxsutawney Phil cuando sale de su madriguera; habrá seis semanas más de invierno si ve su sombra, pero estará al llegar la primavera si no la ve. Algo similar ocurre con los cerezos en el cacereño valle del Jerte: un millón y medio de árboles que florecen y pintan de blanco el paisaje. Los que miramos la marmota y los cerezos, el que oye al mirlo, estamos viéndole las orejas a la primavera. La diferencia es que en Pensilvania y en Jerte acuden multitudes, y aquí estoy solo. Bueno, no tanto: tengo un número razonable de vecinos y cabe la posibilidad de que algún otro atienda como yo, con íntima satisfacción, al primer canto del mirlo. Con esa voz privilegiada, el universo nos notifica que al invierno le quedan tres telediarios, a este invierno que por momentos nos ha parecido invierno de verdad, pero que según los meteorólogos que miden estas cosas no ha estado ni de lejos a la altura de los fríos que se esperaban de él. Ese es otro mensaje. Por cierto, un mensaje bastante más elaborado que el del mirlo, porque necesita cálculos humanos que lo descifren. A pesar de que tengo amordazadas las redes, me llegan más mensajes humanos: las cornetas y tambores ensayan sus melodías semanasanteras. Hay mucha penitencia acumulada este año porque el mundo está en guerra y abundan la locura, las explosiones y el dolor que sufren los de siempre, los que no tienen intereses espurios y ni siquiera odian, y solo quieren vivir su vida en paz. Como el mirlo y como yo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario