A mis años, sigo siendo lector de varios periódicos al día.
Antes de alcanzar la mesa camilla, ya me asomaba al diario Pueblo que mi padre descargaba envuelto en tintas lúgubres y un olor característico. Pero aquello era la infancia. Max Aub aseguraba que uno es del lugar donde cursó el bachillerato, y yo empecé el bachillerato cuando murió Franco. El diario El País marcó mi transición de niño a adolescente. Cuanto más me fue interesando, más adulto me hice. No fue la mía una lealtad preconcebida. Simplemente, durante muchos años, El País fue la ventana por la que me asomaba al mundo después de transportarlo bajo el brazo desde el estanco más próximo. De tanto leerlo, es raro que no acabara siendo socialdemócrata. Me asomaba a El País porque encontraba allí la realidad organizada y dispuesta como en ningún otro medio. Encima, Cebrián desveló sus secretos de taller en un librito que usé como manual hasta que me lo robaron, La prensa y la calle (1980). La opinión era opinión, y estaba separada de la información pura, y ambas a su vez de la publicidad. Eso es lo que le pedimos a un medio de información como Dios manda y lo encontramos cada vez menos. Que nos ofrezca los hechos y deje que la opinión la pongamos nosotros, porque de no pensar uno acaba desentrenándose y apolillándose y polarizándose. A los informativos en cualquier soporte solo les pido que no me engañen. Es cierto que El País vivió años oscuros en la segunda década de este siglo. La derecha manipuladora, consciente de su papel referencial, lo secuestró, malbarató sus titulares, y nos hizo perder la fe a sus incondicionales. No la fe en la socialdemocracia, sino en la información pura y dura. Porque uno lee El País sobre todo para situarse en la realidad del mundo, no para comulgar con su enfoque. Ahora cumple medio siglo y abre una exposición en Albacete y a la vez se nos ha muerto Soledad Gallego-Díaz, todo junto. Un trozo de ese cumpleaños es mío. He vuelto a leer El País cada día, con otros periódicos, ahora en la pantalla del móvil, añorando el tacto del papel y el olor de la tinta.
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