Hubo un tiempo en que uno podía perder el tren en el andén mismo.
Hoy ya sabemos que no se puede acceder sin billete. Pero en 1995, Juanjo Jiménez y yo llegamos corriendo a pie de vía para ver con impotencia cómo se deslizaban los últimos vagones. Recuerdo el incómodo correr con la mochila al hombro y la sensación épica de quedarnos tirados en Madrid un domingo a las seis y media de la tarde, que era la hora de ese último tren directo a Albacete. Tuvimos que tomar otro que se dirigía al sur, bajarnos en Alcázar de San Juan y enlazar con un expreso que nos acercaría a nuestra ciudad a las tantas de la madrugada. Las empresas brotan en esas situaciones fronterizas, cuando uno está tan cansado que es incapaz de poner freno a la volatilidad de las ocurrencias. En Alcázar, con los últimos flecos de lucidez, tomamos un café y vimos salir gente del cine. Ya en el expreso, en el tramo final del viaje (que no era el más breve) se nos ocurrió crear una revista. Así, a botepronto, sin más. Una revista que tenía que ser de Arte y Literatura porque Juanjo pinta, hace fotos, se dedica a eso, y yo soy un grafómano irredento. Barajamos varios nombres hasta que el cansancio mismo nos susurró “La Siesta del Lobo”. Asumimos este título porque nos sorprendía tanto que no sabíamos explicarlo. Aún seguimos sin saberlo después de 30 años y 21 números de la revista. Pero ahí está el lobo y están todos esos números y todos estos años que han pasado densos como un viaje nocturno. Por la efeméride, nos han pedido que recapituláramos. Juanjo no ha olvidado lo que nos costó sacar adelante cada número sin perder dinero, o perdiéndolo de forma decorosa. Yo vivo al día. Hasta oírle a Eloy Cebrián el otro día resumir la importancia de una revista como la nuestra «para una generación de artistas y escritores de Albacete, de su papel como vehículo de expresión y como ejemplo», no tuve conciencia de que quizá haya merecido la pena. Sarrión nos dijo una vez que éramos vanguardistas. Los elogios se agradecen, pero vienen grandes. Es como felicitar a un niño por lo bien que se aplica en sus juegos.
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