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| Foto: Javiel Naval |
En 2014, colaboramos con otras ciudades para salvar el Festival de Teatro Clásico de Chinchilla.
Ciudades con festivales de nuestro nivel, claro. Ni Almagro ni Mérida. Eran los tiempos de Cospedal y de Rajoy, de los de apretarse el cinturón, sobre todo en Cultura, los años del austericidio. Colaboramos y, aun así, llegamos muy justos. Pero salimos. La prueba está en que el Festival de Chinchilla alcanza su 30 edición y encima tiene sello propio. Los exigentes reclaman con la boca pequeña una dirección más personal, más variaciones que superen la rutina del Brujo, Antonio Campos y las tres compañías consabidas. Pero el caso es que triunfa. Contribuye que el Claustro de Santo Domingo siga regalando su microclima, esa brisa que te obliga a bajarte las mangas, ponerte la rebeca y llevar los pies tapados, aunque en los alrededores la canícula esté derritiendo el asfalto. La noche que yo fui, incluso el fantasma del convento asomó la cabeza por el ventanal. Y nunca faltan la luna creciente ni los pinos del monte aledaño. Ya no asisto a todas las obras, como hice durante muchos años, cuando madrugaba con los ojos hinchados de sueño, me sentaba al ordenador y escribía una crónica del espectáculo, sabedor de que las crónicas que se leen con más gusto son precisamente las que nos hablan de lo que hemos presenciado. Ahora elijo con cuidado dos o tres funciones y dejo, entre una y otra, días para recuperarme de lo que para mí son trasnoches. Con La dama boba acerté. Xus de la Cruz ha escrito una versión dinámica en la que Lope habla de sí mismo y de Cervantes, y los actores deslizan acertadas morcillas. El director Josep María Mestres logra que los enredos de Lope se deshilvanen en rimas entre los arcos del Claustro. Carolina Rubio borda a la boba que se espabila al enamorarse. Tras los aplausos, volví caminando a casa por las calles estrechas y empinadas, sintiendo que aquellas apreturas de hace quince años eran sueños míos y que por lo tanto solo yo los recuerdo. Si hablo de ellos aquí es para convertirlos en ficción y así salvarlos del olvido.
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